
La fertilidad del suelo consta de las diferentes características del suelo. Se describe como la capacidad del suelo de servir a las plantas como ubicación y para producir cosechas. Se compone de diferentes observaciones sobre el efecto en las plantas y se mide por beneficio y calidad de la cosecha y de sus oscilaciones. (Diepenbrock, W., Ellmer, F., Léon, J. (2015): Ackerbau, Pflanzenbau und Pflanzenzüchtung (Labranza, cultivo y crianza de plantas) 4. Auflage (4ª edición) Stuttgart)

Las características físicas se caracterizan por la estructura del suelo y se pueden comprobar mediante la prueba de pala. La distribución de tamaño de granos influye mucho en la capacidad de acumulación de agua y en la posibilidad de erosión. El fin de la explotación debería ser mantener y estabilizar la estructura del suelo. Mediante un laboreo y una explotación controlados se puede respaldar el suelo en este proceso. Las raíces de las plantas también tienen una tarea importante, puesto que influyen directamente en factores como la economía de nutrientes y la actividad microbiana. Mezclas de cultivos de cobertura ricos en especies pueden aportar un gran potencial de mejoría.

Las características biológicas ayudan a la transformación de material orgánico y a la existencia de vida en el suelo. Microorganismos y lombrices son un indicador de la actividad biológica. La vida del suelo ayuda a transformar grandes cantidades de material orgánico y ayuda a la formación de estructura. Además, el trabajo constante es un factor importante para el rejuvenecimiento e higienización del suelo con respecto a patógenos.
Las características químicas van marcadas sobre todo por el valor pH y el mineral inicial. El abono y encalado controlado, así como una sucesión variada de frutos pueden ayudar a mantener la fertilidad del suelo y el equilibrio de las características químicas.